Leer un fragmento de ”El país de la inmemoria”.

 

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(FRAGMENTO DEL CAPITULO II DEL PAÍS DE LA INMEMORIA).

Después del ignominioso incidente en la residencia del embajador, la primera dama insistió en que su esposo debía ser recluido e incomunicado en Palacio, en una habitación lo más aislada posible, no tanto para evitar contagios sino porque en el fondo lo que pretendía era impedir la filtración de la noticia de la amnesia, que el tema se volviera viral y se regara como un incendio de gasolina por las agencias, y el mundo entero ¡Uy, que vergüenza!edgar giraldo

—Aquí estoy con el siquiatra —le dijo la primera dama a la secretaria— él es partidario de hacer la sesión en la alcoba, sin que mi esposo padezca los traumas del ambiente de una clínica ni la angustia de su oficina. La secretaria le propuso que tratara de hablar con su pariente en el periódico.

—Dígale que me llame, que ya me inventaré una historia bien interesante, el objetivo es transmitir una imagen de absoluta normalidad.

Mientras tanto, el psiquiatra se dedicó a hacer un bosquejo de un breve cuestionario que le permitiera evaluar la amnesia de su paciente.

—Es importante definir si, efectivamente, descartamos la hipótesis del surménage, como dicen en la clínica, las posibilidades de intoxicación etílica, el uso de alucinógenos y mirar si el paciente ha mezclado medicinas incompatibles por accidente.

—¿El presidente usa drogas alucinógenas? —le preguntó el siquiatra a la primera dama.

—Uy…, ¡cómo se le ocurre, doctor! Él a duras penas se toma dos wiskicitos en los cocteles, es muy disciplinado en esas cosas.
Cuando ella y el siquiatra llegaron a la alcoba del presidente, lo encontraron lelo sentado frente al jardín. Al otro lado de la ventana, en el copo más prominente de una rama, una araña temblorosa miraba el precipicio.

Después de un instante de indecisión, se lanzó colgada de su hilo de seda y pintó una elipse larga y delgada en el cristal del aire, encalló en la mitad de un chamizo, allí enredó la punta y se trepó palo arriba por el mismo camino haciendo malabares hacia una rama aún más alta. La cara bonachona del sol empezó a desaparecer detrás de un tejado e iluminó las emes y las eles de su alfabeto de seda.

—Buenas tardes. ¿Cómo se siente, señor presidente? —dijo el psiquiatra interrumpiendo las maromas de la araña.

—Jum —repitió—, pero no dijo más y su memoria parecía hueca sin el recuerdo del olvido adentro. Como al presidente se le iba la onda y respondía cosas incoherentes, el psiquiatra le empezó a hacer preguntas para reconectarlo con el pasado.

—¿Cuál es la época de su vida que más recuerda ?

—¡Mis años en la Armada! El paciente ya estaba “ON”.

—¿Usted a veces dice cosas a la loca, como si no pensara? —Bueno, es que escucho voces.
—¿Qué tipo de voces: órdenes, murmullos, cosas que le

hablan?
—Sí, siento que mis neuronas hacen burbujas, como si

hablaran entre sí.
A una señal del médico el paciente intentó recostarse en la cama y al hacerlo notó que su saco se recogía dejando a la vista las puntas del cuello de la camisa que se montaban sobre la solapa del saco, así que decidió quedarse sentado e inclinado hacia adelante. Durante dos minutos siguió muy rígido, con la mirada baja, luego empezó a arreglarse la corbata y volvió a mirar con fijeza al doctor.
Él repitió esta acción tres veces y el siquiatra anotó la secuencia de hechos. Luego, embutió el cuello otra vez debajo del saco y apenado por su acción, desvió la mirada. Evitó enfrentarse al médico.

—Cuénteme ¿por qué reacomoda su saco una y otra vez? —No sé por qué lo hago.

—Trate de recordar.
—Porque una voz me lo ordena. —¿Reconoce la voz?
—Sí, es la de mi padre.

Mientras tanto, la araña seguía tejiendo su vuelo.
—¿Él le ordena arreglarse la camisa y la corbata con

frecuencia?

—Sí, todo el tiempo. Desde que era un niño me insistía en que un presidente siempre debía estar impecable. En la corbata se conoce a los caballeros bien vestidos, decía.

—¿Y quién más lo corregía por sus posturas?
—¡Mi tío abuelo!
—Aja. ¿En qué sitios debía mantener esa postura?
—En la iglesia siempre, en la escuela, cuando íbamos por

la calle y en la casa cuando teníamos visitas.
—¿Por qué lo hace con tanta frecuencia? Parece más bien

un tic nervioso.
—Bueno doctor, hay que mantener la imagen de

mandatario, no hacerlo sería traicionar su memoria. —¿Su madre también le da órdenes?
—Sí.
—¿Qué le ordena ella?

El presidente se reacomodó en la cama, coloco la almohada sobre su pecho y metió las manos debajo.

—Bueno, ella trataba de neutraliza la rigidez militar de mi padre y me repetía: “se feliz, diviértete, viaja por el mundo, no tomes la cosas tan a pecho, tenemos dinero, disfrútalo”.

—Sus padres se contradecían en eso ¿verdad?
—Sí.
—¿Discutían mucho por esas diferencias?
—No eran discusiones, más bien eran charlas cordiales.

“Déjalo disfrutar la infancia, lo estás madurando biche”, repetía ella; “que sea ordenado y perfeccionista, —le contradecía él—,

debería prestar servicio militar para que lo disciplinen en el cuartel. —¿Qué edad tenía cuando su madre falleció?
— Dieciséis años.
—¿Qué recuerda en los días posteriores a su fallecimiento?

Él empezó a tejer sus recuerdos, como la araña, moviéndose de atrás hacia adelante, devolviéndose, saltando precipicios, diciendo frases sueltas.

—Quedé desorientado en cuanto a mis hábitos, pues yo me sentía parte de ella —dijo—. No sabía a que hora debía levantarme, comer o ir al colegio porque ella siempre estaba recordándomelo. Así que debí imaginarme que me hablaba todo el tiempo y me ordenaba los horarios, me indicaba qué estaba mal o qué estaba bien.

—¿Cree que su padre no le prestaba suficiente atención?

—Sí, él me dedicaba mucho tiempo para conversar en un solo sentido, de allá para acá, a diferencia de mamá, que alimentaba un diálogo permanente de ida y vuelta. ¿Se da cuenta, doctor?

—Típico de los padres ocupados —respondió él—, ¿o no?

—Caminábamos, íbamos a cine, a comer, pero nunca reemplazó las funciones de mamá. Siempre me repetía que yo era inteligente y saldría adelante en cualquier cosa que me propusiera. Él siguió siendo mi padre. Mi madre desapareció sin más. Por eso me vi en la obligación de reinventar a mamá en conversaciones imaginarias para poder charlar con ella a solas y pedirle consejos. Su Señoría pareció meditar un rato, mientras el psiquiatra anotaba.

—Disfrutaba mucho acompañándolo los domingos al cambio de guardia en el Palacio Presidencial, “algún día vas a vivir allí”, me señalaba el viejo edificio de piedra y las almenaras de ladrillo. Luego nos metíamos a misa a la catedral. Me gustaba ver bastante gente reunida, disfrutaba las historias que se leían en la Biblia y me fascinaban las ceremonias. Al comienzo, fue muy difícil, pero entonces me concentraba en los consejos de mi padre: “Eres un triunfador, eres un ser superior, serás capaz”.
De repente, el presidente olvidó todas sus tristezas, se levantó de la cama y empezó a caminar por la habitación; luego sonrió, su cara se iluminó con una nostalgia lejana y exclamó en voz alta: —Me divertía mucho con él, cada que llegaba el circo a la ciudad íbamos; frecuentábamos el cine una vez por semana y en una oportunidad lo acompañé a Nueva York.
La araña templó con fuerza los lazos de la seda y se agazapó a esperar en su escondite de ramas. El cómplice sol, con sus cachetes hinchados y su cara bonachona, pintó de oro la trampa para confundir a las víctimas.
La araña dormitaba alerta y el presidente dijo “¡Jum!”.

—Esa pastilla tranquilizante que le acabo de dar le puede producir algo de sueño, por favor no la consuma en exceso. Lo que usted ha padecido desde joven son unas fases depresivas seguidas de fases maníacas. Por eso —continuó la explicación—, de repente está en medio de una gran hiperactividad llena de alegría pero, en las horas siguientes cae en el estado opuesto de una profunda tristeza. ¿Es así, presidente?

—Sí, así es. ¿A qué se debe la depresión, doctor?

—Bueno, es un mecanismo de defensa de la mente frente a las pérdidas de su vida. Por ejemplo, muy joven usted perdió a su madre y creo que hasta ahora se está dando cuenta de que también perdió su juventud.
El presidente perdió la concentración, se distrajo con un rayo lejano que taladraba un túnel de luz desde el follaje más alto y descubrió un árbol que meditaba como una estatua.

—¿Me escucha, excelencia? ¿Recuerda el formulario que llenamos el año pasado, el test que hicimos y luego sumamos los puntos? Se llama la escala de Hamilton y es una forma de medir la depresión en forma de puntaje. La máxima puntuación es veinte y usted tiene quince puntos, así que su fase depresiva es moderada. El presidente miró la araña, de reojo vio la luz. —¡Jum!, y siguió escuchando.

—Pero usted no padece sólo de depresión sino que ésta va acompañada de una fase siguiente de manía, por eso pasa tan fácilmente de la irritabilidad a la euforia y viceversa.
El médico tomó su celular, escribió en su navegador “depresión”, y empezó a leerle las primeras palabras: “enfermedad o trastorno mental”. Entonces cambió ese vocablo por otro y leyó en voz alta: “situación que se caracteriza por una profunda tristeza, decaimiento anímico, pérdida de interés por la vida y disminución de las facultades síquicas”.
Luego apagó el aparato y mirando al presidente a la cara, añadió.

—En su fase aguda puede llevar el paciente a intentar quitarse la vida pero, usted no va a llegar a esos extremos. Cuénteme ¿cómo era su padre?

El presidente sonrió por segunda vez desde que empezó la sesión y como si se sintiera muy orgulloso de la respuesta que iba a dar, exclamó:

—Era el hombre más maravilloso que he conocido, un padre inigualable y era muy considerado con mi mamá. Era un médico a quien todo el mundo quería, también fue el vecino dispuesto a ayudar a quien se lo solicitara; además, fue miembro muy activo del partido y siempre apoyó a sus parientes y amigos.

—¿Qué más le viene a la cabeza cuando se lo menciono?

—Siempre me repetía que debía ser el mejor en todo. Yo, por mi parte, siempre fui el mejor estudiante en la escuela y nunca lo defraudé, su frase preferida era “somos una familia superior”.
El médico trató de profundizar en la respuesta e insistió:

—¿Qué es lo que más recuerda de las cosas que decía? — El presidente pensó un instante y continuó:

—Me repetía que algún día iba a estar solo, que debía ser independiente, ahorrador, gobernar el país, conseguir mucho dinero, asegurar una vida tranquila, que yo sería presidente y debía dar los dos pasos adecuados.

—Dígame, señor presidente, si tratara de resumir en una sola frase las enseñanzas y recuerdos de tu padre ¿cuál sería esa frase?
Se quedó meditando un rato y respondió:

—Yo creo que la frase que él más me repetía era: “Serás un presidente para la historia”.

—¿Y cuáles eran los dos pasos adecuados, desde esa época, para alcanzar su meta?

—Primero, prepararme, por eso viví doce años en Boston coleccionando postgrados de toda clase para manejar un país.

—¿Cuál era el segundo paso?
—Casarme con la heredara de un gran periódico.
—¿Qué objeto tenía, según su padre, esa combinación de

estrategias?
—Bueno, la educación me llevaría a la presidencia y un

buen periódico me sostendría en el poder. —¿Oye la voz de su padre?

—A veces me concentro en él cuando busco encontrar una respuesta.

—¿Y también escucha la voz de su madre?

—Siempre —contestó con seguridad—, ella insistía en que no fuera tan desordenado, que necesitaba una disciplina fuerte.
El mandatario repitió el gesto de bajarse la solapa y poner la camisa en su sitio.

—¿Recuerda que hace un momento le pregunté cómo resumiría los comentarios de tu padre?

—Sí, sí —dijo él.

—Bien, entonces le hago la misma pregunta pero con respecto a las enseñanzas de su madre.

—Ella me decía todo el tiempo: “diviértete y viaja por el mundo, los viajes son la mejor universidad”.

—¿Esa era la diferencia fundamental que tenían sus padres

con respecto a su educación?
—Sí, básicamente él quería que triunfara a su modo y mi

madre quería que yo fuera un niño feliz. En el fondo ella sólo quería neutralizar con su dulzura la rigidez de mi padre.

—Entonces, ¿en algún momento trató de conciliar esos dos puntos de vista tan divergentes?

—Sí, yo fui un buen político por naturaleza y cuando terminé mis estudios de secundaria mi padre quería enviarme directamente a Boston, mientras mis amigos se divertían asistiendo a conciertos de rock y fumando marihuana.

—Entonces ¿Qué hizo?

—Bueno, concilié los dos intereses, los reuní y les dije, usted padre quiere que me vaya al exterior y usted madre quiere

que sea más ordenado, entonces les voy a proponer algo que les guste a los dos.

—¿Qué es? —me preguntaron en coro—. Antes de irme a Boston quiero ingresar a la Marina, adquirir la disciplina que ustedes quieren, voy a conocer el mundo y así nos divertimos todos un rato. Ellos aceptaron, mi madre de inmediato y él de mala gana.

—¿Alguna vez se ensució en la cama cuando estaba pequeño? —le preguntó el siquiatra—, y él, algo sorprendido, trató de recordar.

—Sí, con bastante frecuencia, hasta que tuve cinco años.

—¿Cuál era la actitud de su padre y la de su madre en estos casos?

—Papá se ponía furioso y me daba algunas nalgadas, al tiempo que me preguntaba: “¿por qué, por qué lo haces?”

—¿Usted qué le respondía?

—Eso mismo doctor: “No sé por qué lo hago, papá”. Él era tan estricto, tenía tantas normas y prohibiciones que yo en realidad no sabía qué estaba bien y qué estaba mal. No podía estar desarreglado, debía tener el cuarto siempre en orden, no dejar comida en el plato. En fin, eran tantas las órdenes que al final yo no sabía que norma estaba infringiendo.

—¿Recuerda qué actitud asumía su madre en estos casos?

—Sí, por supuesto, ella jamás me criticaba y todo lo que yo hacía estaba bien. Sólo me presionaba para que me divirtiera. Esas tonterías de ensuciar la cama para ella no tenían importancia, me enseñaba a ser limpio sin exageraciones.

Aquí el siquiatra le hizo caer en cuenta de un hecho:
—¿Ha notado que sonríe cuando recuerda a su madre, pero

se torna nostálgico cuando habla de su padre?
—Sí, así es, porque él era duro y mi madre juguetona. —¿Cree que su padre lo sobreprotegía?
—Sí, soy hijo único —respondió —, él temía que me

enfermara o que me desviara del camino trazado.
—¿Y cree que su madre pretendía que fuera un hombre

feliz y despreocupado? —Sí, así es.

—¿Cuál es el recuerdo más lejano que tiene de su madre?

—Bueno —dijo el presente y su lengua se quedó pegada, como se hubiera vuelto de trapo.

—No se preocupe, cuénteme lo que sea, en mi profesión estoy acostumbrado a oír las cosas más espeluznantes e inimaginables.

—¡Recuerdo que me gustaba verla desnuda en la ducha!

—Eso no es nada, todos los niños lo hicimos, yo también —dijo el psiquiatra para darle confianza.

—Sí, lo sé, pero es que yo me masturbaba después — entonces su cara se puso roja como un tomate recién cogido.

—¿Recuerda la primera vez que la vio desnuda?
—¡Como si fuera ayer doctor!
—¿Entonces qué sintió en ese momento?
—En ese momento supe que ella era ella y que yo era un yo

diferente, como si de repente se hubiese roto el cordón umbilical.

El psiquiatra solo dijo “uy…uy” y entendió que no debía profundizar más en honduras pestilentes, así que se olvidó del asunto, pasó a la siguiente pregunta y anotó en su libreta. —“Complejo de Edipo no resuelto, reconocimiento muy tardío del yo, y marcada confusión de la identidad del orden simbólico con la del orden imaginario.”

¡Ahora, el sonrojado era el médico!
—¿Tiene alguna frustración con su vida, como por

ejemplo pensar que perdió su juventud o su niñez, o que hubiera sido más feliz si no se hubiera metido a la política?

—¡Sí, creo que no tuve ni niñez ni juventud!

Una mosca rebotó en la red y en su desespero por huir quedó atrapada en la trampa viscosa del patio, en cada convulsión no hacía más que enredarse en los hilos asesinos. La araña se frotó satisfecha su par de patas superiores, sonrió, esperó hasta que su presa dejó de patalear y entonces sorbió sus jugos y la convirtió en momia.

—Bueno, presidente, todas estas preguntas pretenden que usted racionalice su entorno más lejano, para que comprenda la razón de sus
frustraciones y depresiones. Lo que yo deseo como psiquiatra es que usted mismo descubra las motivaciones que desde su más lejana infancia existen en su subconsciente y que influyen en su comportamiento de adulto.

—Sí, doctor, está claro.

—¿Es capaz de descifrar por usted mismo las contradic- ciones que debe despejar para aclarar tu futuro? ¿lo intentamos?

—Sí, intentémoslo, doctor.
En ese momento, el médico, más seguro con la cooperación que su paciente empezaba a mostrar, le soltó otra pregunta:

—¿Cómo reaccionó tu padre cuando le manifestó su interés en ser un marino trotamundos?

—¡Ah…! —dijo él—, ya sé hacia dónde va usted, doctor. Él me apoyo de mala gana, pero mi madre lo convenció más tarde de que la formación como militar me daría algo de disciplina.

—Entonces ¿cómo reaccionó su madre frente a la misma situación?

—Se alegró mucho.

—¿En qué se diferenciaba su padre de su madre?

—¡En todo! —dijo él con seguridad. Él era educado, un médico ambicioso, poco religioso, de vez en cuando iba a la iglesia. Creía que en nuestra familia éramos superiores, pero eso no quiere decir que menospreciara a mi madre.

—¿Se parecían en algo?
—Sí, eran muy tiernos conmigo.
—En estos casos de trastornos como el suyo —continuó el

siquiatra—, nosotros orientamos a los pacientes a encontrar las fuerzas inconscientes que los motivan a actuar. Como usted mismo lo ha descubierto, desde su lejana infancia existen en su mente dos órdenes contradictorias que alteran su capacidad de decisión: “Sé triunfador y sé feliz”. ¿Está de acuerdo conmigo en este aspecto?

—Sí doctor, ya entendí bien esta parte —le contestó.

—Lo que quiero decirle es que la decisión de tener una vida normal es sólo suya. Usted es la única persona que puede salir adelante solo. Los psiquiatras —prosiguió— apenas somos una ayuda temporal. De manera que el futuro está en sus manos. Es afortunado, está rodeada de una familia feliz compuesta por seres que lo aman.

—Ni tanto doctor, mi vida íntima no existe, vivo con mi esposa por conveniencia y para ella tener hijos significó una obligación social y familiar.

—¡Pero ustedes transmiten la imagen de ser una pareja muy feliz!

—Esas son cosas que hace la agencia de…

De repente, el presidente empezó a responder cosas incoherentes, como si las ramas de su memoria se hubieran vuelto a enredar. El psiquiatra entendió que su paciente se desenchufaba de nuevo y para colocarlo de nuevo en “ON”, entonces le hizo preguntas sueltas del pasado hasta que los recuerdos empezaron a aflorar como ráfagas.

—¿En qué año hizo su primera comunión?
—En 1956.
—Le decía que ustedes, como pareja, trasmiten la imagen

de ser muy felices.
—Ah, bueno, la agencia de publicidad y mi gabinete de

prensa se encargan de hacer el trabajo de fabricar la imagen de un presidente feliz, pareja feliz y país feliz.

—Ahora cuénteme, ¿Usted tiene una amiga o amante?

—No tengo tiempo y además soy la persona más vigilada del país.

—¿Y su señora tiene algún amigo?

—¡No, ni riesgos, pero tengo la sospecha de que siempre ha sido lesbiana!

—¿Tiene alguna evidencia o es una fantasía?

—Cuando vamos a los cócteles se le van los ojos cuando ve a una mujer atractiva, además esta perdidamente enamorada de mi secretaria privada.

—¿Cómo sabe, que ellas dos tienen alguna relación establecida?

—¡Nooo! Mi secretaria no tiene ni idea, y además no creo que mi esposa se atreva a intentar algún acercamiento. Ella es toda

una señora que sabe guardar las apariencias, conoce sus responsabilidades como primera dama y mantiene las distancias.

—Pero ¿Cómo está tan seguro de que ella está enamorada de la monita?

—Muy sencillo, doctor, desde hace varios años he observado que mi secretaria recibe un ramo de flores cada mañana, así que por razones de seguridad interna debí conocer quiénes conformaban su círculo íntimo de amistades. Usted sabe, doctor, somos un país amenazado por el terrorismo. ¡De repente una bomba en un paquete, usted sabe! Así que le encargué a mi jefe de Inteligencia que investigara la vida privada de mi secretaria y averiguara quién le enviaba las flores, descubrí que no tenía novio, pretendiente ni amante escondido, pero un par de días después supe la respuesta: era mi propia esposa quien las enviaba, menos mal que el agente supuso que estaban dirigidas a mí y por fortuna ese secreto jamás se filtró.

—¿Ha hablado con su esposa sobre como convivir con su lesbianismo?

—¡No, jamás! Yo reconozco que soy culpable por no prestarle atención suficiente. Así que prefiero no torear avisperos.

—¿Está cansado?

—No me acuerdo, doctor. Me hace falta la tina llena de burbujas de colores.

—¿Existe alguna duda en su vida, algún secreto que quiera desentrañar? Inocencio, volvió su mirada a la araña, dijo jum y luego exclamó:

—No he podido saber por qué razones, mi hijo tiene los ojos verdes y carece de la cumbamba de los de La Guardia.

—Secretos de la genética, pero esa no es mi especialidad.

—Mire, doctor que esa es una cosa muy rara, todos los parientes de mi señora, nacen pegados a esas mandíbulas ciclópeas.

—Ja ja, eso no vale la pena, por ahora descanse y no piense en tonterías, mañana le daremos de alta, está en muy buen estado de salud, física, podrá meterse en la bañera y chapotear toda la tarde. Seguiremos durante algunos meses estas sesiones cada

semana aquí en su habitación, mientras tanto usted seguirá con tu vida habitual ¿le parece?

—Sí, doctor —contestó sumiso.
Afuera la araña con su panza repleta empezó a hacer su siesta

Después de hablar animadamente de cosas intrascendentes del pasado, el siquiatra fue enfocando las preguntas hacia la evaluación de su memoria más reciente.

—¿Qué desayunó esta mañana, señor presidente?

—Para serle franco, no recuerdo bien.
Entonces su mente quedó en “OFF” de nuevo y se fue fosilizando, como la memoria calcárea de un muerto.

—¿Qué día es hoy, excelencia? —¿Ah?

El presidente trató de decir algo pero no logró atrapar las palabras, movió las manos tratando de asirse a algo, como si intentara trepar desde la sima pavorosa del olvido.

—¿Recuerda haber desayunado café, tostadas, huevos con tocino, cereal?

La mente del mandatario parecía en blanco y su cara continuaba de palo, sin expresar ninguna emoción.

—¿Qué día es hoy? —Martes.
—¿Y qué día fue ayer? —Ayer también fue martes. —¿Y el día anterior? —Martes.

El médico extendió su libreta de notas, la llenó de cuadros que representaban cada uno un día, y en cada cuadro hizo unas rayitas que significaban las diferentes horas para llenar las rutinas. Después de varios minutos, el doctor aún no había podido anotar, y llevando la entrevista hacia atrás ya llegaba al décimo día sin encontrar la más mínima pista.

—¿Qué fue lo más importante que hizo ayer? —Nada.
—¿Fue a misa el domingo?
— ¡Jum!

—¿Qué fue lo más importante que hizo durante el mes de enero de 2014?

—Fui a un partido de fútbol con la selección nacional.

—Muy bien, presidente. En este punto el siquiatra resolvió enchufarlo en “ON” y lo paseó por las cavernas del pasado para reafirmar sus conexiones neurocerebrales.

—¿Cuénteme en qué fecha se casó usted?
—El 10 de junio de 1985.
—¿Y qué vestido llevaba la novia?
—Mi mujer llevaba un traje blanco original de Llinka Rnic,

con adornos de flores y volados, con la parte superior entallada, una falda amplia con bellas terminaciones de encaje y mostacillas plateadas, pero lo mejor de la fiesta fue el postre, que era una copia exacta del vestido, recuerdo muy bien que sentí un gran pesar comerme semejante obra de arte.

—¿Dónde pasaron su luna de miel?

—No tuvimos luna de miel, porque Flor estaba muy ocupada con su graduación, pero un año después viajamos a París.

—Es todo por hoy, señor presidente, pero a partir de este viernes y durante dos meses, usted recibirá la visita de mi amigo el científico, quien ha inventado un aparato que estimula la corteza cerebral con una suave descarga magnética que lo va a ayudar a superar la depresión.

—¿Y eso me va a doler?

—No, qué va, inclusive puede ponérselo usted mismo mientras trabaja en su escritorio. Nada del otro mundo. Se trata del mismo concepto del electrochoque, pero en forma muy moderada.

A las 11 p.m., ya la ciudad está gris y el cielo se ha escondido.

El presidente y la araña duermen como bebés y no recuerdan haber perdido la memoria.
Sin embargo, los demás implicados en esta saga sufren de sueños desgarradores.

El embajador no está en paz con su conciencia ni puede conciliar el sueño. —Le ofrecí mucho Château Bourdeaux.
La primera dama dormita con su alma estremecida porque cree que otra vez le volvió la depre a su esposo.

¡Es un surménage! Dice compungido su médico personal, debí recomendarle unas buenas vacaciones hace mucho tiempo.

A su vez, el psiquiatra no puede dormir porque esta preocupado por su incapacidad de curar la depresión crónica de su paciente, y maldice a los culpables, a su padre que le llenó la cabeza de cucarachas forzándolo a ser presidente sin ni siquiera alcanzar el uso de la razón; tampoco cree que la gripa tenga algo que ver con la enfermedad y está convencido de que el paciente no ha perdido la memoria, sino que su conciencia atormentada se niega a aceptar la amarga realidad del presente, aunque a última hora le asalta la duda de su complejo de Edipo no resuelto, algo que nunca antes había descubierto.

La monita cree que las agendas diarias que prepara para el presidente están muy agitadas y se siente la causante de la desgracia.
El neurólogo está angustiado porque debió ordenar un TAC y un encefalograma —fue un descuido de mi parte —solloza, porque ese es el cerebro de la patria.

El científico imagina la localización de los circuitos cerebrales del paciente que contienen la memoria y la depre para irradiarlo mañana mismo, con su terapia magnética transcraneal estimuladora MTE. El único que duerme tranquilo es el dermatólogo, quien no se revuelve en la cama porque está convencido de que la simple irritación en la mano nada tiene qué ver con la puta amnesia.Mientras tanto, yo sigo en la calle sigue sonriendo porque soy el único que conozco la verdad, pero no puede contarla. —¿Quién me creería? A los muertos solo nos tienen en cuenta para inventar historias de fantasmas.

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